Sería luego la misma opinión que nos mereció Juliaca, una ciudad de paso sin mayor atractivo y un aire de lejano oeste que hasta ahora sólo había sentido en Rondonia. Lo mismo, la vista de la ciudad de Puno desde un mirador, el cielo azul es el único sitio donde deberíamos haber mirado.
En Puno visitamos la isla de los Uros, Amantani y Takile. Y aquí tuve una experiencia de profunda tristeza y contradicción al visitar Amantani. La experiencia es anunciada como "turismo vivencial" (para gringos). Fuimos llevados a una familia con un cuarto especial para huéspedes. Nos sorprendió que no hubieran perros, ni llamas, ni vacas, ni ningún animal doméstico a la vista. "Es que no le gusta a los turistas" nos dice nuestro anfitrión. Nos mostró un libro de la historia de Amantani, las casas tienen los nombres de las esposas, interesante...
Según él, hace 10-15 años, la isla se dedica exclusivamente al turismo y ya no realizan otra actividad productiva fuera de la agricultura de subsistencia, que también es mínima, pues pueden comprar de todo cuando llegan las embarcaciones al mercado cada día. Me dió mucha pena. Sentí que sus tradiciones se habían quebrado, que nos hablaban sólo para mantener el show, una "caricatura vivencial". Además, no hablamos quechua (y en esto me permito culpar a mi gobierno y su pobrísimo y alienante sistema educativo) y ellos no hablan inglés y poco castellano. La única que parece entendernos bien es Ana, quien juega corriendo a los 4,100 metros de altitud.
Por lo demás, el viaje transcurrió muy placenteramente, sin complicaciones, todos prohibidos de comer mayonesa y ají y comidas no cocinadas, ni hablar de ceviche en la sierra. Comenzamos por Arequipa donde nos divertimos mucho y hasta fuimos a bailar, sería nuestra única noche de discoteca en "Deja vú". En el Colca conocimos a unos valencianos, de la edad de mis padres, al cual les explicaba qué era lo que estaban comiendo (ocas, habas, camotes...). En Cuzco el impresionante Machupicchu. El resto del viaje en su mayoría era levantarse muy temprano y alistarse para salir, siempre en la oscuridad y el frío. A quien madruga... Dios lo recompensa con vistas alucinantes y días soleados, la sierra peruana es un lugar maravilloso, donde puedo ser feliz, de cara al sol.
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