lunes, setiembre 22, 2008

Choquequirao y el turismo vivencial de Amantani

Caminar a Choquequirao, ida y vuelta demoró 3 días y medio, 76 kms partiendo de San Pedro de Cachora, y muchas horas de reflexión, conversaciones sobre Kenia con Julien y muchos, muchos ejercicios de respiración y automotivación. "Allez pequeña", repetía él de vez en cuando, en especial cuando disminuía el paso, a veces para respirar, otras para pensar y otras para darme fuerzas, que a más de 3,000 metros con vista al Salkantay son absolutamente necesarias. Yo no soy ninguna atleta y tengo una vida bastante sedentaria. Llevaba dos bastones conmigo, mi cámara de fotos y uno que otro chocolate. Subimos bastante, bajamos también, y maltraté mi rodilla derecha... Lo importante es que llegamos a esta promesa de viaje y una vez allí, sólo quería que me subieran en ascensor para explorar las ruinas. La vista desde la cima es espectacular, el Cañón del Abancay, profundo... las montañas alrededor, uno se sentía como dueño de todo. Nuestra burbuja se rompió cuando el guía nos cuenta que las ruinas de Choquequirao fueron todas reconstruídas por los arqueólogos y la arquitectura es más bien Chachapoyas y no Inca. Además, dijo que Hiran Bingham no era más que un huaquero, y que todos los tesoros de Machupicchu fueron robados por él y la Universidad de Yale. Ya me gustaría pagar la deuda externa con ellos. Devolución señores!!!

Lo primero que expresó Julien al saber de la "reconstrucción" es ya una histórica frase que pasará de generación en generación entre nuestros descendientes, en Perú, Brasil y Francia. "Que merde!". No pudimos dejar de reír, por más que nuestro guía intentaba explicar y Wandrea y yo ponernos serias, la infame frase de Julien retumbaba en nuestros oídos.
Sería luego la misma opinión que nos mereció Juliaca, una ciudad de paso sin mayor atractivo y un aire de lejano oeste que hasta ahora sólo había sentido en Rondonia. Lo mismo, la vista de la ciudad de Puno desde un mirador, el cielo azul es el único sitio donde deberíamos haber mirado.
En Puno visitamos la isla de los Uros, Amantani y Takile. Y aquí tuve una experiencia de profunda tristeza y contradicción al visitar Amantani. La experiencia es anunciada como "turismo vivencial" (para gringos). Fuimos llevados a una familia con un cuarto especial para huéspedes. Nos sorprendió que no hubieran perros, ni llamas, ni vacas, ni ningún animal doméstico a la vista. "Es que no le gusta a los turistas" nos dice nuestro anfitrión. Nos mostró un libro de la historia de Amantani, las casas tienen los nombres de las esposas, interesante...
Según él, hace 10-15 años, la isla se dedica exclusivamente al turismo y ya no realizan otra actividad productiva fuera de la agricultura de subsistencia, que también es mínima, pues pueden comprar de todo cuando llegan las embarcaciones al mercado cada día. Me dió mucha pena. Sentí que sus tradiciones se habían quebrado, que nos hablaban sólo para mantener el show, una "caricatura vivencial". Además, no hablamos quechua (y en esto me permito culpar a mi gobierno y su pobrísimo y alienante sistema educativo) y ellos no hablan inglés y poco castellano. La única que parece entendernos bien es Ana, quien juega corriendo a los 4,100 metros de altitud. Nos trataron de vender sus chullos, por más del doble del precio que nos ofrecían en la ciudad. "Ya hicimos todas nuestras compras, muchas gracias" dije. Rosa, la mamá de Ana, nos miró con rabia. A partir de allí quebramos alguna regla tácita del turismo "vivencial". Sentí verguenza ajena. La caminata a la cima para ver el atardecer valió la pena, pero dudo que regrese para tener otra "experiencia vivencial en casa de indios". Partimos dejando una propina, pero sintiéndonos extraños.

Por lo demás, el viaje transcurrió muy placenteramente, sin complicaciones, todos prohibidos de comer mayonesa y ají y comidas no cocinadas, ni hablar de ceviche en la sierra. Comenzamos por Arequipa donde nos divertimos mucho y hasta fuimos a bailar, sería nuestra única noche de discoteca en "Deja vú". En el Colca conocimos a unos valencianos, de la edad de mis padres, al cual les explicaba qué era lo que estaban comiendo (ocas, habas, camotes...). En Cuzco el impresionante Machupicchu. El resto del viaje en su mayoría era levantarse muy temprano y alistarse para salir, siempre en la oscuridad y el frío. A quien madruga... Dios lo recompensa con vistas alucinantes y días soleados, la sierra peruana es un lugar maravilloso, donde puedo ser feliz, de cara al sol.

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